Mujer espectral con vestido blanco empapado junto a un río cubierto de niebla bajo la luz de la luna. Al fondo se distingue un puente de piedra y árboles desnudos en una atmósfera gótica, húmeda y silenciosa.

Las leyendas sobreviven no porque sean verdad, sino porque saben esperar. Este relato vuelve a La Llorona, no como fantasma, sino como reflejo: el eco de lo que negamos hasta que nos pronuncia por nuestro nombre. Ismael regresa al lugar donde juró no creer en nada, y descubre que la incredulidad también puede hundirse.


Regresé a la casa de mi familia como quien palpa una cicatriz: con cuidado, sin mirar del todo, sabiendo que el dolor está ahí, humedeciendo la memoria. El pueblo seguía acurrucado junto al canal, como cuando era niño, con los tejados bajos y las ventanas estrechas, y una bruma que parecía salir del agua para acostarse sobre las calles. No había luces en las orillas; solo el reflejo lechoso de un cuarto creciente, deshecho en la piel líquida de la corriente. Tenía cuarenta años y un puñado de razones para no volver, pero el notario insistió, y mis hermanas, que no pisan este lodo desde el entierro de mi padre, firmaron papeles desde la ciudad con manos limpias. A mí me tocó abrir puertas.

La llave resistió en el portón como si tuviera memoria propia. Un olor a madera mojada me salió al encuentro: a resina en reposo, a papel que olvidó el sol, a ropa vieja que todavía ensaya la forma de los cuerpos. Cerré detrás de mí y escuché cómo la casa respiraba, lenta, con un pecho lleno de sombras. El corredor estaba intacto; los azulejos de barro, el aparador con sus platos agrisados por el tiempo, la fotografía de boda de mis abuelos en una pared que parecía sudar. La humedad dibujaba mapas caprichosos en el yeso, territorios del moho que avanzaban como islas.

Mujer espectral empapada con vestido blanco avanza desde un lago bajo la luz de la luna. Frente a ella, una familia asustada retrocede en el bosque, mientras una mujer señala con terror. Escena nocturna y atmosférica.

Siempre me reí de las historias. De niño me las contaron para asustarme: la mujer del agua que lloraba por sus hijos, arrastrando velos de espuma por el canal; las madres que advertían a sus pequeños para que no se acercasen a la orilla; los hombres que dices que la oyeron y volvieron con el cabello blanco. Para mí eran ruido, superstición que huele a cera fría y a misa de domingo. Las racionalidades cómodas del escéptico se pegan a la piel con gusto, como el polvo. Uno aprende la higiene de no creer. Esa noche, sin embargo, la casa me devolvió un silencio de pozo, y yo no supe dónde apoyarme.

Encendí la linterna del móvil como si fuera una vela moderna y fui reconociendo terreno: la sala con sus sillones endurecidos por la intemperie interior, el reloj franco en la pared detenido a las diez y cuarto de no sé qué día, el rectángulo vaciado en el aparador donde estuvo la radio de válvulas. Las marcas de las sillas sobre el suelo parecían huellas de animales domésticos que se negaron a abandonar la manada. Afuera, el roce del agua contra el borde de piedra del canal marcaba un compás ajeno a cualquier reloj. Respiré profundo para no pensar, para desalojar la inquietud que empezaba a escalarme por las costillas con dedos fríos.

Fue entonces cuando lo oí. Lejano, delgado, como el primer hilo de un telar que nadie ha tocado: un llanto. No el aullido histérico de una criatura, no el desgarro sin timbre de la desgracia inmediata, sino una cuerda sostenida, un lamento que parecía escoger las notas con obstinación resignada. Cerré los ojos, no sé por qué, y al abrirlos me reí. El viento. Son esas corrientes que bajan del río y atraviesan las acequias, las ramas, los huecos. Pensé en cañas que se frotan, en animales nocturnos que se llaman y se responden, en tuberías que tosen detrás de las paredes. Todo tenía explicación, me lo repetí para dejarlo clavado como un clavo en la madera blanda del miedo.

Me incliné sobre el fregadero de la cocina y abrí el grifo. Escupió barro, luego un chorro oblicuo que olía a metal y a reposo. Lavé un vaso con agua marrón, lo sequé en mi camisa y bebí. La casa parecía contentarse con mi concesión de rutina. El agua bajo mis pies, afuera, continuaba en su tarea: llevarse cosas invisibles, traer silencios nuevos desde el puente viejo. El llanto regresó, más nítido, como si hubiera encontrado el filamento de mi oído y lo hubiera tensado. La misma nota, la misma brea líquida arrastrando vocales. Pude trazar su procedencia sin querer: entraba por el patio, cruzaba el aljibe seco y se dirigía a la escalera que daba a la puerta trasera, la que siempre usamos de niños para escabullirnos hasta la ribera.

Ático iluminado por una luz suave con cajas de cartón apiladas, un barco de madera cubierto de polvo, una pelota antigua agrietada y un mantón bordado con flecos colgando, todo envuelto en una atmósfera nostálgica y polvorienta.

Subí al altillo del fondo porque el cuerpo me lo pidió, porque es una estrategia extraña de los miedos la de subir para huir. Ahí, bajo las vigas a la vista, dormitaban trastos familiares: cajas con cuadernos de caligrafía, un barco de madera que intenté tallar con doce años, la pelota de cuero agrietada, el mantón de la tía Emilia, que enseñaba un fleco petrificado por el polvo. Tomé el mantón con ambas manos. Escupió una nube gris y, por un instante, tuve la certeza absurda de que aquello era una nube verdadera, que la niebla del río se había colado por el alero y dormía aquí, cuidando de los muertos.

El lamento volvió a insistir, ahora más próximo, más vertical, como si la casa fuese una caja de resonancia y el llanto escogiera cada estancia para ensayar su vibración. Me acerqué a la ventana que da al canal. En el vidrio había un reflejo de mí mismo que no me reconocía: ojos hundidos, la piel perlada por el sudor frío, una tensión de mandíbula que mi padre habría reprendido en la mesa. Abrí. La neblina entró con calma, como una visita que ya ha cenado y viene sin hambre. Afuera, la banda negra del agua corría con un brillo mercurial. Los carrizos inclinaban cabezas rotas sobre la corriente. Al otro lado, más allá del molinete abandonado, la arboleda guardaba una quietud sospechosa. Nadie camina de noche cuando la humedad se vuelve animal.

Bajé. La casa me acompañó con sus crujidos confesionales. La puerta trasera se pegó a mis dedos por el moho del picaporte. El patio estaba húmedo, aun sin lluvia: la bruma se había posado como una sábana sobre los tiestos de barro, dejando en cada borde una hilera de gotas minúsculas que titilaban con el pulso de mi luz. El aljibe, vacío, respiraba frío. Me sorprendió encontrar un hilo de agua resbalando por la pared interior, como si una vena hubiera despertado. No estaba ahí antes, me dije, aunque, ¿qué sabía yo de su catálogo de filtraciones?

El llanto volvió a lloviznar en el aire. Ya no me reí. Era un sonido de mujer, sí, pero más que de garganta parecía de agua, de agua que recordara el idioma de las maldiciones. No era un llamado para que alguien acudiera, sino la repetición de algo que no pudo decirse a tiempo. Me acordé, a destiempo, de mi madre hablando de la vecina que perdió al pequeño. Fue una tarde caliente, dijeron; el niño se escabulló, se inclinó sobre el canal para cazar un pez con las manos. La madre lo llamó por el nombre que no pronunciaré, y al llegar al borde solo embistió agua. Faltaban dos días para la fiesta del patrón. En el pueblo, desde entonces, sostienen que la mujer del agua le tomó prestada la voz. De aquella familia solo queda una fotografía en un marco barato. No es mi historia, pensé, y sin embargo el canal no distinguía linajes.

Abrí la puerta que da a la ribera. El suelo, de piedra, estaba frío como el interior de un vaso. Caminé con pasos prudentes, arrastrando un poco los pies para que el musgo no se ofendiera. La orilla se acercó, anunciada por el rumor más preciso del agua, por un ligero descenso de la temperatura que se apoyó en mi nuca. La niebla era menos neblina aquí, más sudor de río. Desde algún lugar, quizás del recodo donde comienzan las piedras grandes, me llegó un sonido nuevo: el rozar de tela empapada contra otra superficie. No era el chapoteo vulgar de los peces ni el trote ancho de una nutria. Era un roce con paciencia, como de alguien que levanta y vuelve a dejar caer un vestido sobre el agua, hundiendo y rescatando con la misma indiferencia.

Hombre de pie junto a un canal bajo la luz de la luna, rodeado de niebla y árboles altos. Con expresión melancólica, mantiene una mano sobre el pecho, iluminada tenuemente, en una atmósfera silenciosa y emocional.

Hubo un instante —no mayor que un parpadeo prolongado— en que sentí que el llanto no estaba afuera, sino a la altura de mis costillas. No era un eco: era un escalofrío con forma de nota, un puñal helado que no busca herida sino espejo. Me quedé quieto a la orilla. Las cañas, a mi izquierda, arrastraban sus hojas contra la corriente con pereza. El puente viejo, dos curvas más allá, era apenas una sombra más densa que el resto. Todo parecía dispuesto para una aparición, y sin embargo nada se movía.

La vi sin verla. Quiero decir: no se dibujó ante mis ojos con esa nitidez ofendida que el miedo extravagantemente espera; no hubo una figura blanca recortada contra la noche como en los retablos de los cuentistas. Lo que advertí fue un cambio en el brillo del agua. Una textura distinta, una costura en la superficie. Allí donde la corriente debía reflejar de manera uniforme la pálida luna, apareció una interrupción, una franja opaca que no obedecía al combate natural de luces. El llanto, en ese mismo punto, fue más denso, casi material. Y luego el viento menor que la noche trae a veces desde el campo levantó una leve brizna de tela, un borde, un pliegue que la lógica no supo ubicar.

Di un paso. El borde de piedra del canal me recibió con su humedad. La niebla decidió ocupar entre mi rostro y ese punto inequívoco el espacio de un susurro, como una cortina que juega a ocultar y mostrar en la misma respiración. Una ráfaga mínima me trajo un olor sin nombre: no era flor ni perfume; era algo más antiguo, como lana guardada junto a madera recién mojada, como leche derramada sobre terreno caliente, como lágrimas oxidando un anillo barato. Apreté la mandíbula para no pronunciar un saludo. No se saluda a lo que no está para ser recibido.

La superficie del agua levantó una arruga con peso. No era ola ni remolino; era el peso de un cuerpo o el recuerdo de un peso. Entendí lo que la leyenda había querido enseñarnos con torpeza de catecismo: el lamento no tiene dueño porque trabaja con los dueños de todos. No llama por los hijos que perdió; enseña a otros a perder. Y su faena es metódica: se acerca, ensaya la nota, toma la medida de tu incredulidad y la talla con sus dedos líquidos hasta que cabe exactamente en el hueco donde pones tus certezas. Yo había abierto la casa, había abierto el grifo, había abierto el patio. Me quedaba abrir la fe, o algo que se le parece.

Hombre con los ojos cerrados y una mano sobre el pecho mientras, detrás de él, aparece una figura espectral femenina de rostro pálido y mirada triste que parece susurrarle en medio de una niebla gris y silenciosa.

No sentí la mano en el hombro; sentí la humedad posándose con la suavidad de un paño. No fue toque ni garra; fue presencia apoyándose en mí con el peso de una costumbre. Yo, que siempre pedí razones, me descubrí inventándolas con urgencia: el aire saturado, la condensación, las microgotas que se adhieren a la ropa. El lamento, sin embargo, se instaló a la altura de mis oídos, no como un grito, sino como una confidencia vieja. Era una palabra pronunciada demasiado bajo para escucharla y, no obstante, oí su sentido. No pedía ayuda. Tampoco perdón. Enumeraba, una y otra vez, lo sucedido. Una contabilidad inmóvil de pérdidas.

A un costado, quizá en la dirección del molinete, el agua ofreció un reflejo que no conocía: no era la luna ni mi sombra ni el haz pálido de mi móvil. Era el reflejo de un rostro que no estaba afuera, sino justo en la lámina, adherido a ella como una pintura que solo vive en su soporte. No vi rasgos. Vi la lógica de un rostro: la distancia entre ojos inexistentes, la vertical de una boca sin bordes. Y algo más: el pelo. No cabellera suelta de cuadro romántico, sino esa melena que han sido algas, esa mezcla de ríos y peines, esa textura de mareas en miniatura que, al moverse, deja caer gotas redondas con disciplina de metrónomo. Las gotas golpearon el agua y, en cada golpe, el lamento variaba mínimamente su altura.

El terror, cuando finalmente me tocó, no fue un relámpago; fue una marea. Le subió a mi cuerpo por los tobillos y las rodillas como un frío razonable, y luego, sin pedir permiso, ocupó la cavidad entre el esternón y la espalda, donde se alojan los arrepentimientos. El impulso de correr se peleó con un cansancio antiguo. A mi derecha, el primer escalón de piedra hacia el agua ofertaba su pendiente resbalosa, un descenso que muchos han tomado sin querer. El aire estaba más denso que antes. La niebla había decidido organizarse en filamentos alrededor de mí, como si fuera a tejerme un mantón.

El llanto, entonces, pronunció mi nombre. No escuché la sucesión de letras; escuché su intención. Algo o alguien en esa boca de agua supo la forma en que me llamaron de niño, y usó esa misma forma para recordarme que la boca que me nombró ya no puede hacerlo. En ese reconocimiento estuvo el clímax, no la aparición. Las rodillas me temblaron con la obediencia exacta que uno le rinde al recuerdo. La casa, detrás, pareció descomponerse en los crujidos de su madera; el canal, enfrente, sostuvo su ademán impasible. La voz no pidió. La voz no mandó. La voz me supo.

La tentación de acercar un pie al escalón fue nítida, seca, como apetito: un paso más y la superficie me habría devuelto la cara con los rasgos borrados que son de todos. Sentí, con una claridad despiadada, el valor de rendirse: uno apoya la planta, acepta el frío, se deja envolver por la tela húmeda de un vestido que no es suyo, y al bajar otro escalón más, la geometría de la noche se simplifica. No es suicidio; es obediencia a un futuro pequeñísimo. Tal vez por eso me sostuve. No por heroísmo, no por cordura: por pereza de destino. Lo confieso en este idioma que me enseñaron las voces viejas.

Di un paso atrás. El llanto no se enojó. Siguió enumerando su tragedia como quien lee una lista de nombres en un acto de escuela, con esa solemnidad casual que no pretende lágrimas. La textura opaca del agua se relajó, o se desplazó. El olor antiguo se diluyó con la misma naturalidad con que se diluye un perfume en un cuarto que ya no espera visita. De pie, sentí el borde firme del mundo recuperarse bajo mis pies. Y, sin embargo, había perdido algo que no supe nombrar. Quizá mi derecho a la risa fácil cuando alguien contaba lo del canal.

Regresé a la casa. El aljibe suspiró a mi paso; las gotas en los tiestos seguían ahí, puntuales, como un público disciplinado. Cerré la puerta con un gesto aprendiendo a temblar. El corredor, ahora, era una garganta. La fotografía de mis abuelos en la pared había capturado una humedad nueva: un pequeño círculo de agua, concéntrico, en el cristal, justo a la altura de la mejilla de mi abuela. No tenía explicación inmediata. El reloj seguía detenido a las diez y cuarto, que ahora era una hora concreta: el punto exacto en que la casa decidió olvidar el tiempo.

Hombre dormido en un catre sencillo junto a una ventana empañada por la niebla, envuelto en una manta gris en una habitación austera y silenciosa iluminada por una luz tenue y melancólica.

Dormí en un catre curioso en la estancia del fondo, con la ropa puesta y los ojos a medio hacer. No hubo pesadillas ni los sobresaltos sensacionales con que la imaginación premia a los supersticiosos. Hubo un sueño horizontal, denso, como dormir en un lago donde uno no se hunde, pero tampoco flota. Al despertar, la niebla todavía rondaba afuera; la luz del día era una leche flaca que apenas lograba entrar por la ventana. Me levanté con un dolor nuevo entre la espalda y la certeza. En el fregadero, sobre la pila, encontré el vaso que había limpiado la noche anterior, completamente mojado por dentro, con una línea delgada de agua en el borde, como si alguien hubiera apoyado allí su labio para pronunciar la primera sílaba de un nombre.

No desayuné. No abrí el grifo. No me lavé la cara. Caminé por el pasillo con una seriedad de duelo que me hizo sonreír sin motivo. Antes de salir, me detuve ante el aparador. A un lado del hueco donde estuvo la radio de válvulas, había un paño doblado con paciencia. Toqué el tejido y mis dedos se quedaron fríos, no por magia ni por cuento: por humedad. Hacía años que nadie secaba ropa aquí. Salí con el mantón de la tía Emilia sobre el brazo como quien lleva una prueba que no presentará ante nadie.

El camino de regreso a la carretera es una sucesión de piedras que uno aprende a no patear con furia. Cada paso apartaba un poco más la casa del agua y, sin embargo, llevaba conmigo una orilla. Llegué al coche con las manos limpias de barro, pero sucias de otra cosa. No encendí la radio. La carretera, oscura todavía, cruzaba el campo como una cicatriz fresquísima. En el espejo retrovisor, durante unos segundos, la niebla decidió rehacerse con terquedad. No vi nada en ella, y sin embargo advertí —en el pecho, no en los ojos— un pequeño levantamiento en su textura, un pliegue mínimo cuyo sentido ya no pienso discutir. No me persigue. No me llama. Existe.

No he contado esto a nadie. La ciudad tiene maneras eficaces de corregir a los que vienen con historias de agua. He hecho mi vida con la fidelidad que se le debe a la costumbre. Trabajo, me siento a comer, camino, duermo. A veces llueve y no encuentro motivo para el miedo. Otras veces, sin embargo, una tubería tose detrás de la pared, y el sonido, por un instante, elige a quién quiere parecerse. En esos momentos, mi cuerpo se prepara como quien acerca la silla a la mesa de un velorio. No discuto. No niego. Recojo la voz. Y escucho, con la formalidad de quien aprende un idioma tarde, el mismo lamento que engañé tantas veces con explicaciones. No busco verlo. No pretendo ya no creer.

La casa sigue en el pueblo, con su corredor y su fotografía, con el aljibe y los tiestos que sostienen el rosario de gotas como si rezaran. Nadie la habita, aunque respira. El canal también está, complacido en su indolencia antigua. A veces imagino a otra persona abriendo ese portón, tal vez un primo lejano que viene a revisar papeles, y oyendo por primera vez ese llanto como quien escucha una nota de un instrumento que desconoce pero reconoce. No sabría decir si desearía que se sostuviera como yo, por pereza o por valor. Lo único que sé es que la leyenda no está ahí para seducir niños: es una contabilidad, una contabilidad que continúa. La Llorona —así la llaman, con esa familiaridad que es de miedo— no reclama su historia, sino la nuestra. No pide que le devuelvan nada. Repite. Y el mundo, que es una casa vieja, humedece sus paredes cada vez que la nota acierta en el hueco correcto.

Hombre sentado junto a una ventana que da al canal, con expresión triste y los ojos cerrados, mientras detrás de él se percibe la figura espectral de una mujer observándolo en silencio dentro de una atmósfera gris y melancólica.

El día que vuelva —porque volveré, por necesidad o por obediencia— entraré con menos ruido. No explicaré el olor ni el brillo ni el frío. No abriré el grifo. Me sentaré en la silla más cercana a la ventana del canal con el mantón en el regazo, como un invitado que conoce por fin el protocolo, y esperaré a que la humedad decida dónde apoyarse. Si me llama, responderé con el silencio adecuado. Si enumera, contaré con ella. Y cuando el agua ofrezca la arruga con peso junto al borde de piedra, no fingiré que no es mi nombre el que pronuncia. No significa rendirse. Significa comprender el idioma en que se cuentan las pérdidas. En ese idioma, la convicción del escéptico —esa higiene que yo cultivé— no tiene traducción. Solo queda escuchar. Solo queda dejar que una voz antigua, que quizá nunca fue de mujer y sin embargo se llama así, ordene la memoria con su paciencia de río. Solo queda aceptar que, de noche, cerca del agua, todo termina por parecerse a su dueña. Y nadie, después, puede vivir enteramente seco.


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