Durante años, el mar Mediterráneo fue un reloj.
Los pescadores sabían cuándo entraba la lubina, cuándo era época de sepia o cuándo convenía probar suerte con la dorada.
Había cierta armonía: el agua se comportaba, los vientos seguían su rumbo y los peces respetaban sus costumbres.
Pero ese calendario invisible, que servía más que cualquier app de predicción, se ha ido al traste.
El mar ha cambiado. Y lo está haciendo más rápido de lo que nadie quería creer.
El agua más caliente y los peces más lejos
El Mediterráneo occidental se está calentando a un ritmo que ya ni los veteranos reconocen.
Las boyas de Puertos del Estado en la costa valenciana registraron en 2025 temperaturas cercanas a los 28,9 °C frente a València, niveles que hasta hace poco parecían impensables.
Ese calor no se disipa, y el resultado se nota en las cañas: menos capturas de lubina, sargo o dorada, y más presencia de especies termófilas que antes eran raras por estas aguas, como el pez ballesta o la llampuga (dorado atlántico), que ahora llegan antes y se quedan más tiempo.
Los aficionados que pescan desde costa lo cuentan sin rodeos: “Antes sabías qué esperar. Ahora puedes pasarte una mañana entera lanzando sin tocar nada.”
El mar se recalienta y los peces se van. No porque quieran, sino porque tienen que hacerlo para sobrevivir.
Las zonas de siempre, cada vez menos seguras
En la pesca recreativa, el conocimiento se transmite casi por herencia: los puntos, las horas, el viento, la corriente.
Pero esas certezas se están borrando.
Las corrientes costeras del golfo de Valencia, que antes alimentaban las zonas de cría, están cambiando.
Los bancos de sardina o boquerón ya no se comportan igual, y las zonas que solían dar vida a los fondos —piedras, espigones, arrecifes naturales— cada vez están más vacías.
En los últimos años se habla de olas de calor marinas: periodos prolongados de agua anormalmente caliente que alteran el fondo, matan algas y expulsan a los pequeños peces que servían de alimento.
El pescador de costa lo nota en silencio: menos picadas, menos movimiento, más horas esperando.
El Mediterráneo se vuelve tropical
Donde antes dominaban especies típicas de aguas templadas, ahora empiezan a verse peces tropicales.
Algunos lo celebran —“¡más variedad!”—, pero en realidad es una señal de alerta.
La tropicalización del Mediterráneo ya es un hecho.
Por el canal de Suez entran especies invasoras, y el calentamiento les permite sobrevivir más al oeste.
Todavía no abundan en nuestras costas, pero el pez león, el pez conejo o el pez globo plateado ya están acercándose.
Mientras tanto, lo que sí ha aumentado —y cualquiera que pesque desde espigón o barca lo sabe— son las medusas.
La Pelagia noctiluca prolifera en aguas cálidas y tranquilas, y convierte cualquier jornada de pesca en un ejercicio de paciencia.
Rompen líneas, se enredan en los aparejos y espantan todo lo que se mueve.
Y cuando no hay peces ni viento, el mar parece un plato tibio lleno de gelatina.
La posidonia, la gran olvidada
Pocos pescadores recreativos piensan en ella, pero la posidonia oceánica es el verdadero cimiento de la vida marina en nuestras costas.
En esas praderas submarinas crecen los juveniles de muchas especies que luego buscamos con la caña.
El problema es que la posidonia se está muriendo: el agua caliente la debilita, la contaminación la ahoga y el fondeo sin control la arranca.
El Instituto de Ecología Litoral ya ha documentado su retroceso en la Marina Baixa y el Cap de Sant Antoni.
Y aunque no lo veamos, cada metro cuadrado perdido significa menos vida y menos pesca.
Un mar sin posidonia es un mar más pobre, y la pesca recreativa depende, en el fondo, de que siga habiendo algo que pescar.
Temporales y días imposibles
El clima se ha vuelto impredecible, y eso, para quien sale a pescar, lo cambia todo.
Cada año hay más temporales fuera de temporada, más DANAs que rompen playas, más mar cruzado en días que antes eran seguros.
Los perfiles de costa se deforman, los espigones se cubren de algas, y los fondos se mueven tanto que los GPS guardan coordenadas que ya no sirven.
Salir a pescar después de un temporal se ha convertido en una lotería: el agua queda turbia durante días, los cebos se pierden y el mar, lejos de limpiarse, parece cada vez más sucio.
Lo que antes era una afición tranquila ahora exige casi un máster en meteorología.
Adaptarse o rendirse
La mayoría de pescadores recreativos no piensa en “cambio climático” cuando sale al amanecer con la caña al hombro.
Pero lo están viviendo sin darse cuenta.
Más madrugones, menos picadas, más gasto en combustible o material, y una sensación constante de que el mar ya no responde igual.
Algunos se adaptan: cambian horas, profundidades o tipos de cebo.
Otros optan por colaborar con proyectos de ciencia ciudadana, registrando capturas y especies nuevas para que los biólogos puedan seguir la evolución del litoral.
Y hay quien directamente cuelga las cañas: “ya no es como antes”, dicen.
Tienen razón.
El mar no espera
El Mediterráneo no grita, pero avisa.
Cada verano más cálido, cada pez que se va, cada pradera que desaparece, son recordatorios de que algo se está rompiendo.
La pesca recreativa, que siempre fue un refugio, se está quedando sin equilibrio y sin paciencia.
No se trata de nostalgia: se trata de reconocer que el mar está cambiando y que, si queremos seguir disfrutándolo, habrá que cambiar con él.
¿Has notado que el mar ya no es el mismo? Cuéntalo en los comentarios y hablemos de ello.
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