Mono de aspecto tierno, sentado y tapándose la boca, en una biblioteca con estanterías y cintas de ‘Revisión/Zona reservada’; en la ventana hay carteles que dicen ‘Se revisará’ y ‘Contenido pendiente’, aludiendo a censura.

Si quieres sobrevivir a esta década en España, apúntate tres reglas: piensa lo que quieras, dilo en bajito y, si puedes, no lo escribas. Bienvenidos a la “década de las prohibiciones”, esa época en la que nadie te prohíbe nada… salvo cuando toca. La censura ya no llega con sello y lacre: ahora viene disfrazada de “revisión”, “protección” o “criterio técnico”. Y oye, suena razonable. Hasta que te das cuenta de que el criterio técnico siempre cae del mismo lado.

El control fino: no te callan, te multan (o te cansan)

La vieja Ley de Seguridad Ciudadana —sí, la que llamamos “ley mordaza”— se ha convertido en ese mueble feo del salón que nadie se atreve a tirar. Cambian gobiernos, cambian portavoces, y ahí sigue, sirviendo para convertir protestas y expresiones molestas en expedientes y sanciones. Amnistía Internacional lleva años avisando de que esta norma ha recortado de verdad derechos de expresión, reunión e información. Diez años después, seguimos debatiendo “reformas” que nunca acaban de llegar. Qué casualidad. 

Varias personas con mascarilla sostienen una pancarta que lee ‘ACABEMOS CON LAS MORDAZAS’ y el hashtag #Desamordázate en un mirador al aire libre.

Traducción al castellano llano: no hace falta prohibirte hablar; basta con que hablar te salga caro, lento o agotador. Mano de santo.

Censura 3.0: parar, posponer, “reubicar”

La censura clásica era torpe. Esta es elegante. ¿Ejemplo de manual? Lisístrata en Linares. Obra empezada y, a los pocos minutos, ¡clac!: se para por “contenido radical” y “público no adecuado”. Grecia clásica, vetada en 2025 por pasarse de picante. No se llama censura, se llama “cuidar a público sensible”. Qué detalle. La directora, en shock; la oposición, hablando de “acto grave de censura”. El episodio es tan absurdo que da para sketch, pero pasó de verdad.

Teatro clásico con una gran X roja y el texto ‘Obra interrumpida’.

Bibliotecas con alarma antiaérea (de ideas)

Luego están las bibliotecas. En Burriana, el concejal de Cultura bloqueó durante meses la compra de libros —hasta 300 títulos en “stand by”— con especial manía a los que están en catalán o tratan temática LGTBI. Resultado: cartel en la puerta diciendo que no llegan novedades, personal dando explicaciones y la cultura convertida en trámite hostil. Pero no es censura, ojo; es “garantizar la pluralidad”. Una pluralidad curiosa, siempre en dirección única.

Educación sexual: fuera del aula por tu bien

Otra modalidad muy de esta década: retirar materiales que llevan décadas funcionando y venderlo como “actualización”. En Sevilla han sacado de los colegios un cuadernillo de educación sexual con 25 años de uso. Versión oficial: será revisado por expertos. Versión extraoficial: presión política y acuerdo PP-Vox. Y mientras debaten, los chavales se quedan sin herramienta básica para aprender respeto, consentimiento e igualdad. Pero, de nuevo, no es censura: es “mejora”. Claro.

La libertad… para los míos

Lo mejor —humor negro mediante— es ver a los conversos. Ayer libertad total; hoy “esto aquí no toca”. La libertad de expresión se administra con el grifo de la publicidad institucional, que no es censura, es “planificación de recursos”. Si te portas bien, hay campañas. Si te pones bronco, ya si eso. Y mientras tanto, seguimos esperando la prometida reforma del delito de ofensas religiosas: décadas discutiendo si un chiste puede ser delito. El propio Gobierno ha vuelto a decir este año que “hacer humor no debería ser un delito”. Bienvenidos a 2025. Seguimos en ello.

El algoritmo, ese censor que nunca firma

Antes te cortaba el paso un funcionario con sello. Ahora lo hace una plataforma con un aviso: “contenido sensible, alcance limitado”. No te denuncian, no te juzgan: te esconden. Y si monetizas, adiós ingresos. Es perfecto: nadie prohíbe nada y, sin embargo, todos aprendemos qué palabras no conviene usar. La autocensura ya no es un problema; es una función del sistema.

Manual de estilo para no molestar

Hemos convertido la conversación pública en un examen mensual: términos válidos, términos dudosos, términos prohibidos. Si apruebas el test, pasas. Si fallas, toca pedir perdón con comunicado y tres adverbios (“profundamente”, “sinceramente”, “firmemente”). La libertad de expresión ya no trata de decir lo que piensas, sino de acertar el formulario.

Quién aprieta y dónde (integrando lo obvio que nadie quiere decir)

Aquí va la parte incómoda y necesaria, sin paños calientes:
Censura blanda y vetos culturales: sobre todo PP/Vox en ayuntamientos y concejalías. Son los casos que vemos cada dos por tres: funciones paradas, cuadernillos retirados, compras de libros bloqueadas, secciones “en revisión”. El “no es censura, es cuidar a la gente” convertida en política cultural.

Marcos legales y palancas presupuestarias: PSOE/Sumar no han desmontado lo prometido y, además, acumulan denuncias por prácticas que condicionan la libertad de expresión. La ley que decían que iban a tumbar sigue ahí, impecable para apretar cuando conviene. Y el reparto de publicidad institucional, si se usa como grifo, no censura en papel, pero enfría igual.

Conclusión adulta: no es “unos sí y otros no”. Unos vetan obras y materiales; otros mantienen (o usan) herramientas que enfrían la expresión. La libertad se estrecha por ambos flancos, con tácticas distintas. El resultado es el mismo: hablamos más bajo.

El algoritmo, ese censor que nunca firma

Antes te cortaba el paso un funcionario con sello. Ahora lo hace una plataforma con un aviso: “contenido sensible, alcance limitado”. No te denuncian, no te juzgan: te esconden. Y si monetizas, te desmonetizan. Es perfecto: nadie prohíbe nada y, sin embargo, todos aprendemos rápido qué palabras no conviene usar. La autocensura ya no es un problema; es una función del sistema.

El truco final: hacerte elegir entre biblioteca acolchada o biblioteca con esquinas

La trampa está en venderte la protección como libertad. “Te cuido de lo que te puede ofender”. Y así, obra a obra, párrafo a párrafo, catálogo a catálogo, vamos cambiando una democracia adulta —donde a veces te rozas con ideas incómodas— por una guardería con esquineras. Muy segura, sí. Poco útil, también.

¿Y ahora qué?

No hace falta gritar más fuerte; hace falta incomodar mejor. Defender el derecho del otro a decir lo que te molesta. Exigir a las instituciones que dejen de usar eufemismos para tapar tijeras. Pedir a los políticos que se busquen enemigos a su altura: una obra griega, un libro juvenil o un folleto educativo no son peligros de Estado; son tests de estrés democrático. Y, noticia, los estamos suspendiendo.

Que cada cual elija: o biblioteca con esquinas (donde a veces te haces daño), o guardería acolchada (donde nunca pasa nada… y tampoco se aprende mucho).

¿Tú también te has mordido la lengua últimamente por miedo al lío? Cuéntalo. No para llorar, sino para tomar nota. La lista, por desgracia, no se escribe sola.


¿Te interesa? Mira esto:

Comparte este artículo